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Propiedad Intelectual: adquirir los conocimientos de los que carezco y proteger los que tengo

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Por Martín Carranza Torres

Cuando no existían sistemas de protección de propiedad intelectual, los métodos para impedir la apropiación de conocimientos por parte de terceros eran bastante menos civilizados que los actuales. En efecto, una de las ventajas de contar con un sistema jurídico eficiente radica en que las eventuales controversias se resuelven de manera tal vez menos expeditiva, pero seguramente con costos sociales y económicos menores.

Antiguamente, el espionaje industrial entre países se hacía no migrando las técnicas, sino migrando los trabajadores. A finales del siglo XVII, Colbert, el famoso ministro del no menos famoso Luis XIV, intentó atraer trabajadores venecianos a Francia para descubrir a través de ellos el secreto del soplado de vidrio. Cuenta la historia que el embajador veneciano en Francia aniquiló algunos de esos hombres para evitar que los secretos fueran revelados. Esta salida, si bien expeditiva y segura, no es propia de civilizaciones avanzadas culturalmente, pero tampoco es eficiente desde el punto de vista económico.

Por consiguiente, sin leyes de propiedad intelectual, intentar quedarse con conocimientos ajenos era mucho más peligroso que ahora. También era muy riesgoso generar esos conocimientos, o solamente poseerlos. Habría que preguntarle sino al matemático escocés James Stirling, que a principios del siglo XVIII fue a Venecia a aprender, precisamente, aquello mismo que Colbert había procurado descubrir: el secreto del soplado de vidrio. Aparentemente, Stirling tuvo éxito y descubrió el secreto de la fabricación de vidrio veneciana, pero pronto tuvo que abandonar la ciudad de los canales por temor a ser asesinado.

Cualquiera podría suponer que los venecianos, celosos custodios de sus conocimientos, respetaban con el mismo entusiasmo los secretos y derechos de terceros, pero hay algunos indicios que revelan que no era así. En 1478 unos venecianos hicieron un hueco en el techo del Palacio del Dux para enterarse de las últimas noticias de Estambul. Curiosamente, la primera ley de patentes veneciana data de cuatro años antes, pero parece que estos antecesores de James Bond no se habían enterado.

Dentro de este marco jurídico salvaje, generar los conocimientos de los que carezco y proteger aquellos que tengo era una cuestión literal de vida o muerte; dedicarse a la creación, a las mejoras tecnológicas o simplemente tener vocación por los inventos era poco recomendable para un buen padre de familia.

En el siglo XIV ya se acordaban algunos derechos exclusivos para incentivar la introducción de tecnologías extranjeras a través de la emigración de artesanos calificados. Uno de los casos fue el de John Kempe, industrial textil flamenco que en 1331 recibió un privilegio otorgado por el rey Eduardo III, que cinco años más tarde volvió a hacer una concesión similar a dos trabajadores de Brabante para que se instalaran en York. Más adelante en el tiempo, en mayo de 1368, el mismo Eduardo III otorgó letras patentes (letters patent) a tres fabricantes de relojes de Delft.

Las letras patentes fueron herramientas jurídicas eficientes para generar, en una comunidad dada, la cantidad y calidad de conocimientos de los que esa comunidad carecía, a cambio de un costo económico bastante bajo para el conjunto: la exclusividad en la explotación.

Por esto es importante que, al analizar desde una óptica jurídica cualquier régimen de patentes, dejemos de lado el prejuicio de considerarla teniendo en cuenta solamente su carácter de derecho exclusivo o monopólico. Es claro que hay innovaciones que se justifican por sí mismas, que tienen el incentivo en la propia innovación, pero uno de los puntos principales del régimen tiene que ver, en los términos de Douglass North, con la internalización de externalidades.

Las mejoras en los procesos de producción pueden obtenerse por accidente o por prueba-error. En un mundo sin investigación, los beneficios se obtienen por la propia mejora del proceso, pero mantenerlo en secreto u obtener el monopolio sobre esa mejora incrementa las ganancias potenciales, por lo que mayores costos de investigación pueden ser invertidos, y las mejoras se producen antes. El régimen de patentes y toda su implementación, especialmente en el sistema de common law británico, tuvo por objeto precisamente el atraer conocimientos y volver al reino británico menos dependiente de las importaciones.

A través del análisis histórico, se puede ver cuáles instituciones jurídicas son más eficientes que otras y la protección de propiedad intelectual es una de esas de tal eficiencia que transformó a una Inglaterra pobre y atrasada en una de las mayores potencias. Por esa razón algunos estudiosos aconsejan no mirar el otorgamiento de patentes como un otorgamiento de privilegios monopólicos que reemplazan la competencia, porque el atraer extranjeros a Inglaterra que incorporaran nuevos procesos de manufacturas fue una parte crucial de la internalización de externalidades.

Al decidirse la creación de las letras patentes, Inglaterra estaba tecnológicamente atrasada en comparación con muchas regiones del continente europeo (especialmente los Países Bajos, que lideraban en casi todos los mercados) y, comprensiblemente, estaba encarando acciones para adoptar las prácticas industriales más avanzadas. Se esperaba que los maestros extranjeros introdujeran a los aprendices ingleses en el “misterio” de sus respectivos artes.

Es obvio que ninguna persona en su sano juicio se trasladaría a otro país para enseñar sus artes, generando con eso competidores potenciales, a cambio de nada. El incentivo que les acordaba el gobierno inglés para actuar de tal manera era la exclusividad en la explotación de sus conocimientos durante un tiempo establecido. Inicialmente, el plazo de exclusividad era de catorce años. Este plazo se explicaba porque se entendía que un aprendiz tardaba siete años en aprender el oficio y se le otorgaba al maestro dos generaciones de aprendices de exclusividad, las cuales se renovaban por un plazo igual si seguía vivo.

¿Cómo le fue a Inglaterra con su sistema de letras patentes? Parece que bastante bien. Con su modelo de transparencia de conocimientos, acordando exclusividad en la explotación a los maestros que importaban del continente, achicó mucho la brecha tecnológica que la separaba del resto del mundo y pasó a encabezarla en muchos de los campos de la tecnología. A tal punto que a comienzos del siglo XVIII empezaron a verse en Inglaterra las primeras protestas contra la emigración de trabajadores calificados a Francia y Rusia. La historia volvía a empezar, pero al revés. Habiendo adquirido los conocimientos que necesitaba, llegaba la hora de protegerlos.

Adaptación de extractos del libro: Derecho de la Innovación Tecnológica. Una historia del tecnotropismo capitalista, Abeledo Perrot, Bs. As., 2008, Segunda Parte, Cáp. 7.

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